La taxonomía de Bloom es un criterio de clasificación de las habilidades que se necesitan para alcanzar una serie de objetivos educativos.
Cada nivel de este modelo de aprendizaje comprende una serie de verbos que perfilan las habilidades necesarias para realizar las acciones correspondientes.
Esta metodología de educación disruptiva es el acompañante perfecto en la evolución del alumno para alcanzar procesos cognitivos de orden superior, como por ejemplo crear algo nuevo.
En este artículo vamos a profundizar sobre la definición de la taxonomía de Bloom, sus objetivos y niveles. Abordaremos igualmente para qué sirve, así podrás evaluar si integrarla en tus estrategias educativas.
¿Qué es la taxonomía de Bloom?
La taxonomía de Bloom es un sistema de clasificación de habilidades según objetivos educativos que se deben alcanzar mediante dimensiones cognitivas, afectivas y psicomotoras del alumno, y que se organizan del más simple al más complejo.
Estas 3 dimensiones son necesarias para llegar a las metas educativas establecidas:
- Dimensión cognitiva. Hace referencia a cómo procesa el alumno la información. Aquí se analizan las habilidades intelectuales.
- Dimensión afectiva. Considera el rol de las emociones en el aprendizaje analizando actitudes, sentimientos, valores o prejuicios.
- Dimensión psicomotora. Se centra en las habilidades motoras del estudiante que incluyen coordinaciones musculares y neuronales.

Este modelo educativo fue desarrollado por Benjamin Bloom en 1956 y, desde esa época, ha sido revisado hasta adaptarse a las necesidades educativas de la era digital.
Este concepto encaja perfectamente con la educación disruptiva, permitiendo al profesorado establecer objetivos educativos innovadores y centrados especialmente en los procesos cognitivos superiores.
Contexto y origen de la taxonomía de Bloom
La taxonomía de Bloom surge en los años 50 como respuesta a una preocupación creciente entre psicólogos educativos y pedagogos: la falta de un marco estructurado para clasificar y evaluar los objetivos de aprendizaje. Benjamin Bloom, junto con un grupo de colaboradores de la Universidad de Chicago, trabajó durante más de una década en el desarrollo de un sistema que permitiera a los profesores diseñar programas educativos con criterios claros y medibles.
Su propósito era establecer una jerarquía de habilidades cognitivas que sirviera como guía en el proceso de enseñanza y aprendizaje. Desde su publicación en 1956, la taxonomía se convirtió en una referencia clave para docentes de todo el mundo, especialmente dentro de los sistemas educativos anglosajones.
A principios de la década de los 2000, dos discípulos de Bloom —Lorinn Anderson y David Krathwohl— actualizaron ese modelo para adaptarlo a las necesidades del siglo XXI, introduciendo verbos de acción más dinámicos y reorganizando algunos niveles para poner el foco en la capacidad de crear nuevo conocimiento, algo imprescindible en sociedades complejas y digitalizadas.
Diferencias entre la taxonomía original y la revisada
| Versión 1956 (Original) | Versión 2001 (Revisada) |
| Conocimiento | Recordar |
| Comprensión | Comprender |
| Aplicación | Aplicar |
| Análisis | Analizar |
| Síntesis | Evaluar |
| Evaluación | Crear |
La revisión de Anderson y Krathwohl no solo moderniza el lenguaje, sino que invierte los dos últimos niveles. En el modelo original, «síntesis» era el quinto nivel y «evaluación» el sexto, mientras que en la actualización «crear» se coloca en la cúspide de la pirámide como el proceso cognitivo más complejo.
Además, el cambio de sustantivos a verbos permite vincular más fácilmente los niveles con actividades concretas, especialmente en contextos digitales.
¿Qué objetivos tiene la taxonomía de Bloom?
Los objetivos del aprendizaje tradicional se han basado en el contenido y en las estrategias didácticas para la transmisión del conocimiento con un rol receptivo del alumno.
Ese tipo de aprendizaje activa habilidades propias de los procesos cognitivos inferiores de la taxonomía Bloom como repetir, reproducir o recordar.
Sin embargo, la irrupción de las TICs (Tecnologías de la Información y la Comunicación) en educación ha supuesto una revolución en las estrategias educativas.
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Las necesidades actuales que colocan al alumno en el centro de las estrategias educativas, priorizan el aprendizaje por competencias, recurriendo a procesos cognitivos de orden superior como pueden ser analizar, evaluar y crear.
Estos verbos conforman la pirámide de la taxonomía de Bloom, una hoja de ruta que los educadores deben considerar a la hora de proponer actividades.
Su finalidad, en lo que respecta a los alumnos, es entender lo que se aprende y ser capaz de aplicar los conocimientos en la práctica de manera eficaz.
¿Qué niveles tiene la taxonomía de Bloom?
Los niveles de la taxonomía de Bloom se representan por 6 verbos que indican las acciones que el alumno debe ser capaz de realizar para poder alcanzar los objetivos educativos marcados.
La clasificación inicial se basaba en los siguientes niveles:
- Conocimiento.
- Comprensión.
- Aplicación.
- Análisis.
- Síntesis.
- Evaluación.
La actualización que se ha llevado a cabo para adaptar la taxonomía de Bloom a las necesidades de la sociedad actual organiza esta jerarquía tal y como te exponemos a continuación.

Recordar
Se trata de un proceso cognitivo de primer orden que requiere de acciones como observar, recuperar, reconocer, recordar, citar o identificar.
El proceso utiliza conocimientos que el alumno puede recuperar en el largo plazo.
El alumno debe ser capaz de elegir, deletrear, relacionar, describir o repetir lo aprendido.
Comprender
La comprensión se centra en el entendimiento demostrativo básico de ideas, conceptos y hechos.
Permite al estudiante resumir, predecir, aportar ejemplos, interpretar o transmitir y parafrasear la información.
Aplicar
Aplicar consiste en utilizar todo el conocimiento aprendido para resolver problemas en situaciones diferentes a las del contexto de aprendizaje.
Aquí el estudiante es capaz de planear, simular, construir, manipular, categorizar y dramatizar, entre otras acciones.
Analizar
Analizar implica la descomposición en partes de un problema, percibiendo el significado de cada una de las partes en relación con el conjunto, y cómo se relacionan unas con otras. El alumno es capaz de identificar causas y motivos.
Para llegar a ello, la persona debe ser capaz de realizar acciones como razonar, comparar, inspeccionar, buscar similitudes, distinguir o estudiar la causa efecto.
Evaluar
Evaluar es la capacidad de elaborar juicios sobre informaciones, ideas o calidad de un trabajo de acuerdo con una serie de criterios preestablecidos.
El estudiante en este nivel puede razonar, defender sus argumentos, explicar, criticar, juzgar, probar, persuadir, deducir y recomendar, entre otras acciones.

Crear
Crear es el nivel de mayor dificultad en la pirámide de la taxonomía de Bloom.
El alumno puede generar, planificar, modificar y producir para formar un todo coherente nuevo, ya sea creando un patrón nuevo o bien modificando uno existente. Sería el caso de inventar un ingenio o proponer soluciones alternativas a un conflicto.
Para conseguirlo, se necesita poder asumir tareas como las de realizar hipótesis, teorizar, visualizar, desarrollar, transformar, experimentar, innovar, elaborar y programar.
¿Para qué sirve la taxonomía de Bloom?
La taxonomía de Bloom permite simplificar el proceso de evaluación, al jerarquizar, tal y como hemos visto hace unas líneas, los procesos cognitivos y las habilidades necesarias para desarrollarlos.
Del mismo modo, facilita la creación de contenido didáctico y la organización de las actividades por proyectos colaborativos.
Llegados a este punto, queremos señalar algunas de las ventajas que ofrece esta metodología:
- Forma a personas que puedan aplicar sus conocimientos de manera práctica.
- Refuerza la iniciativa, creatividad y el juicio crítico de las personas.
- Mejora la toma de decisiones.
Consejos para implantar la taxonomía de Bloom paso a paso
1️. Definir los objetivos educativos generales
El primer paso es tener claro qué se quiere conseguir con el proceso formativo. Esta definición debe ser lo suficientemente amplia como para orientar el conjunto del programa, pero también concreta en términos de finalidad.
Por ejemplo: “Desarrollar en el alumnado la capacidad de resolver problemas complejos relacionados con la sostenibilidad” o “Fomentar el pensamiento crítico en torno a la toma de decisiones empresariales”. Este marco general será el punto de partida sobre el que construir el resto de elementos.
2. Desglosarlos en objetivos específicos y asignarles un nivel de la taxonomía
Una vez definidos los objetivos generales, se deben dividir en objetivos más específicos y operativos, que indiquen qué deberá hacer exactamente el alumnado.
En este punto es fundamental vincular cada uno de ellos a un nivel de la taxonomía de Bloom (recordar, comprender, aplicar, etc.). Esto permite alinear intencionalidad pedagógica con procesos cognitivos y, por tanto, diseñar actividades realmente coherentes.
3. Diseñar actividades adecuadas para cada nivel
Con los objetivos bien definidos, llega el momento de transformar la teoría en práctica. Aquí es importante asegurarse de que cada actividad esté alineada con el nivel de la taxonomía correspondiente.
Por ejemplo, si el objetivo está en el nivel analizar, no tendría sentido plantear una actividad que sólo implique recordar información. Cuanto más específicas y contextualizadas sean las actividades, mayor será el impacto en el proceso de aprendizaje.
4. Seleccionar las herramientas digitales más adecuadas según la naturaleza de la actividad
Hoy en día existen múltiples recursos digitales para apoyar el aprendizaje, pero no todas las herramientas sirven para todos los niveles. Por eso, conviene elegir aquellas que mejor se adapten al tipo de actividad planteada.
Por ejemplo, para promover la creatividad (crear), pueden utilizarse herramientas de prototipado o espacios colaborativos; mientras que para comprender pueden funcionar mejor los mapas conceptuales o los foros de discusión.
5. Evaluar utilizando rúbricas alineadas con los verbos de la taxonomía
La evaluación debe reflejar de forma directa los procesos cognitivos que se han trabajado.
Diseñar rúbricas con indicadores claros y verbos específicos para cada nivel ayudará al alumnado a entender qué se espera de él y al docente a valorar el grado de logro de forma más objetiva.
Además, este tipo de evaluación favorece el feedback constructivo.
6. Revisar y ajustar periódicamente el diseño en función de los resultados obtenidos
La implantación de la taxonomía de Bloom no es un proceso estático. Es recomendable revisar periódicamente el plan diseñado a partir de los resultados obtenidos en cada fase.
Esto permite detectar posibles desajustes (por ejemplo, actividades demasiado fáciles o complejas) y hacer ajustes que mejoren el proceso progresivamente.
Bloom y Inteligencia Artificial generativa, un tándem increíble
La evolución de la tecnología ha traído consigo herramientas basadas en Inteligencia Artificial generativa (IA), como ChatGPT o Gemini, que pueden desempeñar un papel muy valioso en el diseño y desarrollo de actividades educativas alineadas con los niveles de la taxonomía de Bloom. Estas soluciones no sustituyen al docente, pero sí actúan como catalizadores para construir escenarios de aprendizaje más dinámicos, personalizados y orientados al pensamiento de orden superior.
Desde los niveles más básicos como recordar o comprender, la IA puede generar explicaciones adaptadas al nivel previo del alumnado, crear mapas conceptuales, formular preguntas de repaso o incluso resumir contenidos extensos para facilitar una primera asimilación de conceptos. Esto libera tiempo al docente, que puede centrarse en tareas de mayor valor pedagógico.
En los niveles intermedios como aplicar o analizar, estas herramientas pueden generar ejemplos contextualizados o casos prácticos reales. Por ejemplo, un alumno puede solicitar a la IA un caso de estudio relacionado con un concepto determinado y, a partir de él, identificar las causas, los efectos o argumentar distintas alternativas de resolución. Del mismo modo, el docente puede pedirle a la IA diferentes versiones de un mismo caso con grados crecientes de dificultad o redactados en distintos formatos (texto, diálogo, infografía, etc.).
Es en los niveles superiores —evaluar y crear— donde la IA ofrece un potencial más transformador, siempre que se utilice como herramienta de apoyo y no como generadora automática del resultado final. La IA puede proponer ideas iniciales, retos abiertos, simulaciones o situaciones-problema que exijan al alumno posicionarse, argumentar sus decisiones y diseñar una solución original. A partir de ahí, el estudiante debe trabajar de forma crítica, revisando, mejorando y justificando su propuesta con criterios propios.
Una práctica interesante es utilizar la IA como “sparring cognitivo”, planteándole al alumno una idea generada por la IA y pidiéndole que la evalúe, la mejore o la transforme.
Eso sí, es fundamental que el docente marque límites claros y enseñe al alumnado a usar esta tecnología de forma ética y responsable. El objetivo no es reemplazar el proceso cognitivo, sino enriquecerlo, ofreciendo nuevos caminos para llegar a niveles más altos de pensamiento.
Algunos ejemplos prácticos
Recordar / Comprender
Un docente de Historia puede pedir a la IA que genere una serie de preguntas de opción múltiple sobre un periodo histórico concreto. Después, puede solicitar un resumen en lenguaje sencillo o en formato de esquema para que el alumno comprenda mejor los conceptos básicos.
Aplicar
En un curso de marketing, el alumno puede solicitar a la IA un caso práctico sobre una empresa que debe lanzar un nuevo producto. A partir del caso generado, el alumno deberá aplicar diferentes estrategias aprendidas en clase para resolver la situación..
Analizar
En una asignatura de Ciencias, el docente puede pedir a la IA que genere un informe con datos simulados sobre la contaminación de un río. Los alumnos, partiendo de ese documento, tendrán que identificar causas, tendencias y posibles relaciones entre variables.
Evaluar
Un estudiante de Filosofía puede usar la IA para generar un argumento sobre un dilema ético. A partir de ese texto, deberá evaluar y justificar si está de acuerdo o no, argumentando con fundamentos propios y contrastando diferentes perspectivas.
Crear
En clases de Lengua o Literatura, la IA puede proponer al alumno un contexto inicial (por ejemplo, el inicio de un relato o un personaje). El alumno debe continuar la historia con un final original o bien transformar el relato en un guion teatral, lo que desarrolla su capacidad creativa.
Asimismo, la taxonomía de Bloom se amolda perfectamente a herramientas como los LMS (Learning Management System) o sistemas de gestión del aprendizaje, que te permiten impulsar tus procesos evaluativos.
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