En Smowltech conversamos con Borja Garzón, profesional con 15 años de experiencia en educación (12 en e-learning) y especializado en innovación educativa. La charla giró en torno a la personalización del aprendizaje y al papel de la inteligencia artificial (IA) en el aula, con un foco constante en los retos éticos, la integridad académica y la accesibilidad.
En sus palabras, la IA es una oportunidad para “hacer mejor lo que nos hace más humanos”, siempre que la educación lidere el cambio.
Quién es Borja Garzón
Borja se presenta con modestia: no se proclama “experto” absoluto, sino alguien con muchas horas de vuelo. Formado como Chief Learning Officer en TeamLabs de Mondragon Unibertsitatea, acompaña a universidades, escuelas de negocio y empresas en sus procesos de aprendizaje.
Su trabajo abarca desde el diseño de planes formativos y la creación de contextos de aprendizaje hasta la incorporación de IA a la personalización del aprendizaje en los últimos tres años.
Su camino hacia la educación nace en un lugar poco habitual. Licenciado en Ciencias Ambientales en 2008, su propósito inicial era “salvar el planeta”, muy a lo Capitán Planeta. Trabajó en proyectos de conservación, incluso en Costa Rica con tortugas marinas. Allí comprendió que los proyectos con mayor impacto eran los de educación y sensibilización: no solo formaban, transformaban.
Viniendo de familia de docentes, la semilla estaba plantada. Se especializó en educación online y tecnologías educativas convencido de que Internet abría una puerta clave para llegar a más gente.
La pandemia de 2020 aceleró todo: se difuminó la frontera entre lo presencial y lo online. Y en 2021, con el acceso a herramientas de IA, Borja y su equipo vieron que podían ayudar a resolver retos importantes, entre ellos uno central: la personalización del aprendizaje.
Qué es (y qué no es) la personalización del aprendizaje
Borja es claro respecto a malentendidos frecuentes: la personalización no es “adaptar contenidos” sin más. Es un enfoque de diseño que nace “desde el minuto cero”, cuando se analizan las necesidades y se definen los objetivos de aprendizaje. Su propósito es que el proceso se ajuste a las fortalezas, necesidades, habilidades, intereses e incluso gustos de cada estudiante. Aprender no tiene por qué ser aburrido, aunque a veces toque abordar contenidos que no entusiasman.
¿Por qué es especialmente relevante ahora? Por el contexto en el que vivimos: sobreinformación, pantallas por todas partes, déficit de atención y desinformació.
En medio de ese ruido, Borja señala el reto principal de la educación: fortalecer lo que nos hace más humanos -el pensamiento crítico, la curiosidad y la creatividad- para movernos en contextos complejos que ya son la norma.
¿Cómo puede la IA ayudarnos a ser más humanos?
La IA puede ser una gran aliada, pero Borja saca “el elefante de la sala”: también conlleva riesgos.
Uno de los más evidentes es la comodidad de aceptar sin más las respuestas que ofrece, renunciando a pensar por cuenta propia. Por eso, insiste, la educación no puede mirar hacia otro lado ni seguir como si nada. Tiene la responsabilidad de liderar la transformación, no de seguir a la tecnología.
¿En qué se traduce ese liderazgo? En generar aprendizaje colaborativo y en aprender a hacer mejores preguntas. Vivimos una época de incertidumbre en la que a menudo ni siquiera sabemos cuáles son las preguntas correctas. La IA, recuerda, tiene tanto que ver con preguntar bien como con obtener respuestas. La educación puede y debe ir por delante en esto.
Innovaciones posibilitadas por la IA
Borja destaca dos avances que hoy marcan la diferencia:
Por un lado, la capacidad de diseñar contenidos en cuestión de minutos y en múltiples formatos.
Desde infantil hasta la universidad, un docente puede crear vídeos, presentaciones y materiales de apoyo con rapidez, y contextualizarlos a su aula.
Pone un ejemplo sencillo: incluso en infantil se pueden generar contenidos que conecten con los gustos del grupo (sus dibujos animados, por ejemplo) para hacer más cercano un concepto.
Por otro lado -y para él, más potente- está el uso de datos. Aunque no lo parezca, las instituciones educativas ya disponen de muchos datos sobre el progreso del alumnado y su comportamiento en el campus virtual, así como de su interacción con los servicios de la institución.
La IA puede ayudarnos a analizarlos, ponerlos en contexto y anticipar el fracaso escolar, detectando áreas de mejora y ofreciendo indicadores tempranos para intervenir antes de que el problema se consolide.
Privacidad y protección de datos: prioridades y límites
La privacidad, subraya Borja, debe ser clave. Habla de sistemas que no solo cumplan la legislación, sino que garanticen que ni los datos personales ni las respuestas generadas a partir de ellos se usan para entrenar modelos de IA.
Defiende, además, que estos modelos sean lo más abiertos posible para entender por qué se da una respuesta y no otra. Al mismo tiempo, reconoce que la IA tiene una parte de “caja negra” de la que conviene ser conscientes.
Junto a la privacidad, sitúa otro gran reto: la integridad académica. Los estudiantes van a usar IA; el objetivo no es prohibirlo, sino que la utilicen como asistente, no para copiar.
Aquí recurre a una comparación generacional: en su época, muchos tiraban de Encarta en CD-ROM. Detectar el copia-pega era relativamente sencillo. En entornos online, en cambio, la verificación de autoría y originalidad es más compleja, sobre todo cuando la evaluación no es presencial.
Para facilitar el trabajo honesto y riguroso, Borja defiende que las empresas de IA incluyan marcas de agua o metadatos que permitan identificar contenido generado con IA de forma sencilla.
De ese modo, herramientas de proctoring como SMOWL podrían leer esas trazas y ayudar al profesorado y a las instituciones a aplicar sus principios de integridad sin convertirse en “policías” del aula.
La responsabilidad, insiste, es compartida entre tecnología y comunidad educativa.
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¿Está preparado el profesorado?
Sí y no, responde. La diferencia respecto a revoluciones anteriores (libro de texto, calculadora, Google) es la velocidad. Cuando un docente domina una herramienta, aparece otra que hace presentaciones, luego otra que genera vídeos, luego una que dobla el mismo vídeo a otro idioma casi a la perfección. Es difícil adaptarse al ritmo.
Aun así, la mayoría de universidades y centros ya se están moviendo. Muchos han impartido sesiones de contexto o han lanzado programas de formación sobre IA en educación.
Algunos, como la Universidad Carlos III, han publicado directrices para la realización de TFG/TFM, incluyendo cómo citar la IA y cómo utilizar ciertas herramientas para el diseño de la formación o para verificar la integridad académica.
El sistema, en conjunto, está en proceso de definir estas directrices y ponerlas en práctica.
Accesibilidad e inclusión: un terreno donde la IA brilla
Para Borja, la atención a la diversidad y la inclusión es uno de los campos más bonitos y necesarios donde aplicar IA. Imagina una clase con estudiantes con baja visión o ceguera. Antes, preparar una versión locutada de calidad de un material escrito implicaba tiempo, habilidades de locución y, a veces, vencer la vergüenza de grabarse.
Hoy, con IA, se puede generar una narración con voz natural en minutos y ofrecer una experiencia más agradable que la de un lector de pantalla tradicional.
Otro punto es la barrera idiomática. La traducción de documentos completos, el subtitulado y el doblaje de vídeos a otros idiomas, todo ello en cuestión de minutos, están al alcance.
Para Borja, “ya no hay justificación” para no adaptarse a la diversidad lingüística real del aula cuando estas opciones están disponibles.
El desafío de fondo: no acostumbrarnos a la eficiencia ciega
Borja confiesa su preocupación por un riesgo muy humano: acomodarnos a la eficiencia de la IA. Cuando una vez nos soluciona una tarea y el resultado es bueno, la tentación la próxima vez es ni siquiera leer la respuesta a fondo.
Ahí, advierte, perdemos algo valioso: la serendipia del aprendizaje, los errores de los que también se aprende, los temas colaterales que descubrimos al explorar. Si nos dejamos llevar, podríamos volvernos menos curiosos.
Él mismo se pilla en ese impulso de vez en cuando y se dice “para, revisa”. Con ironía, remata: “No quiero que la IA haga mi trabajo porque me gusta y creo que soy bueno en él. Lo que quiero es que lave los platos y planche por mí”.

Proctoring e integridad académica: una pieza que gana peso
Sobre las tecnologías de proctoring, Borja cree que, tradicionalmente, universidades y escuelas de negocio no les han dado la importancia debida. La razón es que muchas evaluaciones eran presenciales o se planteaban como presentaciones y casos, y podía parecer que bastaba.
Pero, una vez “rota la barrera” entre lo online y lo presencial, y con dispositivos integrados en las evaluaciones, se ve que el proctoring es necesario para sostener la integridad académica a escala.
Argumenta que no es escalable confiar en que un profesor, con 100 estudiantes, pueda conocer tan bien a cada persona como para detectar irregularidades solo por el estilo o por sospechas. Hace falta un sistema robusto. A su juicio, las soluciones actuales cumplen con la privacidad “a la perfección” porque operan dentro del ecosistema educativo y no sacan los datos a servicios extraños.
Además, destaca un cambio importante: la usabilidad. Aquella época en la que había que conectarse con una VPN del campus, usar un navegador concreto o seguir pasos enrevesados pertenece al pasado. Hoy la experiencia es comparable a unirse a una videollamada.
Por eso, llama a “quitarse el miedo” y atreverse a probar estas herramientas: la experiencia de usuario ha ganado mucho terreno.
Caso de impacto: subtitulado en ucraniano para garantizar continuidad educativa
Uno de los proyectos que Borja recuerda con más cariño nació en un contexto doloroso: la guerra en Ucrania. España, como otros países, acogió a muchas personas refugiadas, entre ellas niños, niñas y jóvenes en edad escolar y universitaria. Llegaban con su vida y su progreso académico truncados y sin hablar español.
En algunos casos, para evitar problemas inmediatos, se les proponía retroceder varios cursos por el idioma. Pero imagina, dice, a un adolescente de 14 años sentado en una clase con estudiantes de 11: no es lo mismo que un salto de meses en edades tempranas. El desajuste social y académico es evidente.
La pregunta fue: ¿cómo salvar la barrera lingüística con rapidez? La respuesta estuvo en la comunidad docente online.
En YouTube hay profesores que comparten clases de casi todo el currículo: matemáticas, física, biología, historia. Un grupo de profesionales -entre ellos Borja- contactó con estos docentes (los “edutubers”), pidió permiso y, de forma voluntaria, se coordinó para generar subtítulos en ucraniano con IA. La herramienta utilizada también colaboró sin coste.
El trabajo fue meticuloso: tomar cada vídeo, crear subtítulos en ucraniano con un grado de acierto muy alto y volver a cargarlos en YouTube.
En unos tres meses se logró subtitular una parte muy significativa del currículo de primaria y secundaria, y también contenidos introductorios de los dos primeros años de carrera en asignaturas generales.
El objetivo era práctico: que el alumnado pudiera asistir a clase en España y, al llegar a casa, ver la explicación en su idioma para reforzar.
Con traductores humanos, el proyecto habría tardado muchísimo más -posiblemente más de un año- y requerido recursos muy superiores.
En cambio, gracias a la IA y a la voluntad de docentes y voluntarios, resultó de muy bajo coste y de una rapidez diferencial. Es, reconoce Borja, un ejemplo de adaptación (más que de personalización estricta), pero con un impacto transformador y directo en la continuidad del aprendizaje.
Cierre: una invitación a liderar el cambio
Para terminar, Borja lanza un mensaje a toda la comunidad educativa: participar activamente y con responsabilidad en el uso de la IA. No basta con preocuparse; hay que ocuparse. La educación debe liderar esta transformación y darle la importancia que merece.
Si lo hacemos bien -si la usamos para aprender mejor, para incluir más y para sostener la integridad académica-, la IA puede ayudarnos a ser, precisamente, más humanos.





